Autor:© Jesús Alejandro Godoy
Había un hombre que era malo.
No era malo por que no compartía sus cosas.
Era malo por que todos decían que no compartía lo mejor que tenía.
Era malo por que a todos les había dado sus posesiones, pero no la voluntad de obtenerlas.
Era malo por que a todos les había otorgado su tiempo, pero no las vivencias que se encerraba en él.
Era malo, por que a todos les había regalado el arte que hacía con sus manos, pero no les había dado el don que poseía.
Era malo por que les había otorgado los castillos que había construido piedra por piedra, pero no, el conocimiento para erigirlos.
Era malo por que les había regalado varias fotografías donde se lo veía en todas las partes del mundo por donde había viajado, pero no les había dado la pasión por hacer cosas.
Era malo, por que les había mostrado a uno y a varios maestros sabios, pero no les había dado la comprensión para llegar a sus palabras.
Era malo, por que les había regalado sus inventos, pero no la curiosidad para generar nuevos sueños.
Era malo, por que les había regalado la forma de morir en paz, pero no les había explicado como hacerlo.
Un día conocí a un hombre que era malo.
En su tumba dejé una rosa y hablé con él.
Y supe por qué era malo.
Por que en silencio y luego de visitarlo miles de veces, me había regalado el secreto de la inmortalidad; pero no me había dado, la forma de llegar a ella.
http://jesusalejandrogodoy.blogspot .com
"El material editado en "Muestrario de Palabras" goza de todos los Derechos Reservados. La administración confía en la autoría del material que aquí se expone, no responsabilizándose de la veracidad de los mismos." En éste blog, encontrarás, todo lo que no pudo ser clasificado, pero que merece ser publicado."
jueves, 3 de enero de 2008
Antipoema
Somos cachorros de León
Somos cachorros de león
disputándose las sobras
que abandonan los satisfechos poderosos.
Bajo la indiferente mirada
del felino real y su consorte
peleamos entre nosotros sin piedad,
hundimos nuestro rostro en el fango
con desesperación y avidez.
En este mundo actual
el hombre devora al hombre
-capitalismo si lo hay-.
Sólo unos pocos consiguen
ocupar el lugar del león
-ley de Darwin en plena ejecución-
y desde su trono ordenan
a sus súbditos cazar
(comiendo ellos antes que todos).
Los indefensos, los numerosos,
somos nosotros los cachorros.
¿Cuánta evolución hará falta
para tornarnos hienas?
Liliana Varela2007
Somos cachorros de león
disputándose las sobras
que abandonan los satisfechos poderosos.
Bajo la indiferente mirada
del felino real y su consorte
peleamos entre nosotros sin piedad,
hundimos nuestro rostro en el fango
con desesperación y avidez.
En este mundo actual
el hombre devora al hombre
-capitalismo si lo hay-.
Sólo unos pocos consiguen
ocupar el lugar del león
-ley de Darwin en plena ejecución-
y desde su trono ordenan
a sus súbditos cazar
(comiendo ellos antes que todos).
Los indefensos, los numerosos,
somos nosotros los cachorros.
¿Cuánta evolución hará falta
para tornarnos hienas?
Liliana Varela2007
lunes, 31 de diciembre de 2007
Meditación
Ante la tumba de la Amada, antiguos ritos. Deirdre. Las cuidades más oscuras de la noche regresan, como el ciclo de las hojas, con ellas una visión de tempestades nacientes al fondo del espejo del mago. Con él quisimos ahuyentar a las brujas, bajo una noche sin luna.
Se reúnen almas y rostros en círculo, al conjuro de una palabra cortante, seca, breve: cuida su vertiginoso destino, siembra con veneración y vigila a lo largo de siete vidas el anillo de setas, antes que silenciosas caigan las estrellas del norte. Sólo entonces morirás.
Mira ahora en esta carta como tejen los pasos de su danza de sangre el ejército blanco y el ejército negro; su inútil lucha por Gormenghast, reino de la desolación y el silencio que rehúye la luna y hasta los lobos temen.
Silencio de los cuerpos violados, mutilados, en el monasterio.
Luego del agua correrá un agua roja como el sol al filo del lago, pero no ha de ser sangre sino lluvia.
Duerme en el tu sueño como el antiguo profeta, siete días al abrigo de las zarzas ardientes, siete días con sus noches en las piedras de la Luna.
Porque ahora tú sabes como todo ha de pasar por el ojo estrecho de la aguja: el rico con su pesada bolsa de oro, las caravanas de lágrimas y risa, el pobre con su lento abanico de huesos, remecidos por el viento, los ángeles caídos.
Alejandro Drewes
Jens
Se reúnen almas y rostros en círculo, al conjuro de una palabra cortante, seca, breve: cuida su vertiginoso destino, siembra con veneración y vigila a lo largo de siete vidas el anillo de setas, antes que silenciosas caigan las estrellas del norte. Sólo entonces morirás.
Mira ahora en esta carta como tejen los pasos de su danza de sangre el ejército blanco y el ejército negro; su inútil lucha por Gormenghast, reino de la desolación y el silencio que rehúye la luna y hasta los lobos temen.
Silencio de los cuerpos violados, mutilados, en el monasterio.
Luego del agua correrá un agua roja como el sol al filo del lago, pero no ha de ser sangre sino lluvia.
Duerme en el tu sueño como el antiguo profeta, siete días al abrigo de las zarzas ardientes, siete días con sus noches en las piedras de la Luna.
Porque ahora tú sabes como todo ha de pasar por el ojo estrecho de la aguja: el rico con su pesada bolsa de oro, las caravanas de lágrimas y risa, el pobre con su lento abanico de huesos, remecidos por el viento, los ángeles caídos.
Alejandro Drewes
Jens
domingo, 30 de diciembre de 2007
Belén, Diciembre 24 de 2.007
Como empiezo? Nunca he escrito, pero a petición de Yossi intentaré relatar mi viaje a Belén para pasar la navidad allí.
El día en Petach Tiqwa amaneció muy frío, y como Belén está a más altitud, pues me fui bien abrigada.
Me fuí a la oficina de Yossi a las 2 y de ahí me llevó a Yafo de donde salían los autobuses.
Se suponía que saldríamos a las 3.30 de la tarde, salimos a las 6 pues el bus número 3 no llegaba por el trancón en la autopista. Bueno, llegó y nos fuimos.
Oramos y cantamos hasta la llegada a Jerusalém, solo una hora de viaje y de ahí a Belén. Oh tragedia, el hotel no guardó las habitaciones para 150 personas, solo para 50 y ahí empezó el éxodo. Nos dieron otro hotel en una ciudad a tres kilómetros de Belén, con la mala suerte que nadie lo conocía y el chofer no sabía como llegar. Así pasaron 65 minutos hasta que al fín alguna persona dijo donde era. Bonito hotel, en un hermoso lugar, pero nuevamente la lucha para alojar 100 personas. Después de una hora mas o menos nos dieron las habitaciones y nos instalamos corriendito para poder salir a cenar , ya eran casi las 9 de la noche.
A mi me tocó con tres señoras, en una bella habitación.
Nos encontramos en la recepción y nuevamente al autobús y al restaurante.
Cada salón era para 600 personas, de cada idioma distinto. Cenamos comida árabe, todos teníamos hambre, así que casi la devoramos en menos de lo que canta un gallo.
A las diez caminamos como tres cuadras para escuchar la misa a las 11 p.m. en la gruta de los pastores, donde en la época del nacimiento del Niño Dios un ángel se les aparece a pastores en esa gruta y les dice que ha nacido Jesús. Queda en una loma, un lugar de pastoreo. La gruta (que es natural), puede medir de ancho unos cuatro metros, de largo unos doce y de alto poco menos de dos, teniendo lugares más bajos aun. La misa ahí fue muy emotiva, llena de recogimiento por las casi 100 persona que logramos entrar. Terminada la misa vuelta al hotel y dormir en fantásticas camas hasta las 6.30 para estar listos al desayuno y la partida luego a la iglesia de La Natividad, el lugar donde nació el Niño Dios.
El desayuno, similar a la cena, comida árabe muy rica. Me comí unos quesitos deliciosos.
Llegamos a La Natividad y nos separamos en grupos, ya que había más o menos 20.000 peregrinos del mundo entero. Es algo inenarrable, sobrecogedor. Hicimos una cola dentro de la misma Basílica como de una hora para poder bajar al lugar de nacimiento, que es una cueva debajo de la basílica.
Cuando al fín pude bajar me llené de mucha emoción, me arrodillé y besé el lugar del nacimiento del Niño Dios, una gruta realmente chiquita, no más de tres metros de ancho por cinco de largo, donde dormían las bestias. En ese mismo lugar, a un metro del nacimiento nos dijeron misa en español a las 11.30 de la mañana, solo cabíamos unas diez personas y tuve la dicha de poder estar yo entre ellas.
Luego fuimos a otra gruta cercana llamada Gruta de La Leche. Cuenta la tradición que La Virgen María le daba pecho al Niño Jesús en esa gruta, aun más pequeña que las anteriores. En algún lugar mi cabeza llegaba al techo. Las mujeres de Belén y sus alrededores que tienen problemas en quedar embarazadas o que tienen poca leche, van a la gruta y comen un poquito de tierra. Dicen que esto las ayuda a sus necesidades. Yo quisiera un Yossi May chiquito, pero por nuestras edades no es posible, tampoco comí la tierra.
Al salir de ahí quedamos libres dos horas, así que me dedique a recorrer las angostas calles del centro de Belén, repletas de bellezas árabes de todo tipo.
Para comprar algo te piden un precio y al regatear lo sacas 50% menos.
Quedé enamorada de esta bellísima ciudad, muy parecida a las israelíes, las mismas construcciones, pero con habitantes netamente árabes.
Solo el 20% son católicos, los demás musulmanes.
Cumplido el tiempo regresamos al lugar de encuentro, nos llevaron a almorzar, nuevamente árabe, deliciosa y a las 4 emprendimos el regreso a casa. Yo dormí en el trayecto.
Al llegar a Yafo, llamé a Yossi y fue a buscarme. Le dije que la próxima ida a Belén deseo hacerla con él junto a mí.
Gracias Dios mío por darme la oportunidad de estar en los lugares santos por donde TU anduviste.
Gracias amor mío, por poder hacer este sueño realidad.
Barranquilla, Diciembre 30 de 2.007
Maria Elena May
El día en Petach Tiqwa amaneció muy frío, y como Belén está a más altitud, pues me fui bien abrigada.
Me fuí a la oficina de Yossi a las 2 y de ahí me llevó a Yafo de donde salían los autobuses.
Se suponía que saldríamos a las 3.30 de la tarde, salimos a las 6 pues el bus número 3 no llegaba por el trancón en la autopista. Bueno, llegó y nos fuimos.
Oramos y cantamos hasta la llegada a Jerusalém, solo una hora de viaje y de ahí a Belén. Oh tragedia, el hotel no guardó las habitaciones para 150 personas, solo para 50 y ahí empezó el éxodo. Nos dieron otro hotel en una ciudad a tres kilómetros de Belén, con la mala suerte que nadie lo conocía y el chofer no sabía como llegar. Así pasaron 65 minutos hasta que al fín alguna persona dijo donde era. Bonito hotel, en un hermoso lugar, pero nuevamente la lucha para alojar 100 personas. Después de una hora mas o menos nos dieron las habitaciones y nos instalamos corriendito para poder salir a cenar , ya eran casi las 9 de la noche.
A mi me tocó con tres señoras, en una bella habitación.
Nos encontramos en la recepción y nuevamente al autobús y al restaurante.
Cada salón era para 600 personas, de cada idioma distinto. Cenamos comida árabe, todos teníamos hambre, así que casi la devoramos en menos de lo que canta un gallo.
A las diez caminamos como tres cuadras para escuchar la misa a las 11 p.m. en la gruta de los pastores, donde en la época del nacimiento del Niño Dios un ángel se les aparece a pastores en esa gruta y les dice que ha nacido Jesús. Queda en una loma, un lugar de pastoreo. La gruta (que es natural), puede medir de ancho unos cuatro metros, de largo unos doce y de alto poco menos de dos, teniendo lugares más bajos aun. La misa ahí fue muy emotiva, llena de recogimiento por las casi 100 persona que logramos entrar. Terminada la misa vuelta al hotel y dormir en fantásticas camas hasta las 6.30 para estar listos al desayuno y la partida luego a la iglesia de La Natividad, el lugar donde nació el Niño Dios.
El desayuno, similar a la cena, comida árabe muy rica. Me comí unos quesitos deliciosos.
Llegamos a La Natividad y nos separamos en grupos, ya que había más o menos 20.000 peregrinos del mundo entero. Es algo inenarrable, sobrecogedor. Hicimos una cola dentro de la misma Basílica como de una hora para poder bajar al lugar de nacimiento, que es una cueva debajo de la basílica.
Cuando al fín pude bajar me llené de mucha emoción, me arrodillé y besé el lugar del nacimiento del Niño Dios, una gruta realmente chiquita, no más de tres metros de ancho por cinco de largo, donde dormían las bestias. En ese mismo lugar, a un metro del nacimiento nos dijeron misa en español a las 11.30 de la mañana, solo cabíamos unas diez personas y tuve la dicha de poder estar yo entre ellas.
Luego fuimos a otra gruta cercana llamada Gruta de La Leche. Cuenta la tradición que La Virgen María le daba pecho al Niño Jesús en esa gruta, aun más pequeña que las anteriores. En algún lugar mi cabeza llegaba al techo. Las mujeres de Belén y sus alrededores que tienen problemas en quedar embarazadas o que tienen poca leche, van a la gruta y comen un poquito de tierra. Dicen que esto las ayuda a sus necesidades. Yo quisiera un Yossi May chiquito, pero por nuestras edades no es posible, tampoco comí la tierra.
Al salir de ahí quedamos libres dos horas, así que me dedique a recorrer las angostas calles del centro de Belén, repletas de bellezas árabes de todo tipo.
Para comprar algo te piden un precio y al regatear lo sacas 50% menos.
Quedé enamorada de esta bellísima ciudad, muy parecida a las israelíes, las mismas construcciones, pero con habitantes netamente árabes.
Solo el 20% son católicos, los demás musulmanes.
Cumplido el tiempo regresamos al lugar de encuentro, nos llevaron a almorzar, nuevamente árabe, deliciosa y a las 4 emprendimos el regreso a casa. Yo dormí en el trayecto.
Al llegar a Yafo, llamé a Yossi y fue a buscarme. Le dije que la próxima ida a Belén deseo hacerla con él junto a mí.
Gracias Dios mío por darme la oportunidad de estar en los lugares santos por donde TU anduviste.
Gracias amor mío, por poder hacer este sueño realidad.
Barranquilla, Diciembre 30 de 2.007
Maria Elena May
viernes, 14 de diciembre de 2007
Siempre hay un día
A lo mejor te encuentre en alguna noche
en el mismo lugar,
donde la Ceiba tiene el semblante del tiempo
y seguro no podré verle sus raíces.
Sus ramas,
algunas más altas,
otras más débiles, parecerán colgadas
por los dioses en un cuadro nocturno, volando.
Como los sueños y las nubes;
que muchas veces no sabemos cómo aparecen, y por qué.
Solo apreciamos que flotan y nos llevan a derroteros diferentes.
Aparecerá sóla la Ceiba,
erguida como una torre iluminada de azares y coincidencias.
Y se verán hondear en ella, sus hojas,
como bailarinas elegidas por la ventisca en el teatro de la vida.
Y el eco en el alma
transmontará en nosotros tantos años y desnudará la memoria y la desmemoria.
Para entonces saber,
que había muchas miradas evitadas entre nosotros,
y otras que estuvieron demás
Como también,
una sonrisa plateada,
y unas manos deseando tocar a las otras.
Y alguna pena,
cuando olvide,
olvidamos que también existías,
y existíamos en un abismo.
Si aún tienes tiempo, y si aún crees, presientes
que unas manos hilan del más allá nuestros andares.
Ese quizás sea una de las recompensas para tanto olvido.
Éramos parecidos, éramos tejidos bajo el mismo cielo
y alguien dispuso que no supiéramos el uno del otro,
ni el otro de nosotros y así la noche se congregaba en su cierres
y amanecía en la ceiba.
Y el viento luminoso se encargaba de escribirnos una historia
en sus raíces,
cuando bebía desde lo profundo,
en sus ramas donde dejaba sus huellas, sus marcas incumplidas.
Para que hoy,
justo en la noche,
supiéramos el uno del otro,
y los otros de nosotros
y supiéramos que no estábamos solos,
no éramos errantes mercaderes de almas,
ni amasijos sin destinos,
éramos los mismos.
Sí fuimos elegidos
para arribar al mismo puerto del encuentro, al mismo sitio
que nos dio origen.
A ese cielo que callaba con su prestancia de noche libre
que vivió muchos días de apatías,
y muchos días de distancias,
y sinsabores. Le debemos nuestro río, y nuestro amor
y le debemos que con su semblanza se pare en algún paraje ante nosotros
y nos deje ver la historia, más nítida y clara que la luna esbelta.
Como siempre existía alguien más quieto, un guardián
alguien menos avezado, mucho más distraído.
Quizás mucho más sabio
y ese es entonces
nuestro último destino, nuestro último hombre.
Lo que somos nosotros,
lo que hemos sido siempre.
Y que no se nos olvide,
que alguien nos mira desde lo más alto,
sin juzgarnos.
Luis Gilberto Caraballo
Diciembre, 2007
en el mismo lugar,
donde la Ceiba tiene el semblante del tiempo
y seguro no podré verle sus raíces.
Sus ramas,
algunas más altas,
otras más débiles, parecerán colgadas
por los dioses en un cuadro nocturno, volando.
Como los sueños y las nubes;
que muchas veces no sabemos cómo aparecen, y por qué.
Solo apreciamos que flotan y nos llevan a derroteros diferentes.
Aparecerá sóla la Ceiba,
erguida como una torre iluminada de azares y coincidencias.
Y se verán hondear en ella, sus hojas,
como bailarinas elegidas por la ventisca en el teatro de la vida.
Y el eco en el alma
transmontará en nosotros tantos años y desnudará la memoria y la desmemoria.
Para entonces saber,
que había muchas miradas evitadas entre nosotros,
y otras que estuvieron demás
Como también,
una sonrisa plateada,
y unas manos deseando tocar a las otras.
Y alguna pena,
cuando olvide,
olvidamos que también existías,
y existíamos en un abismo.
Si aún tienes tiempo, y si aún crees, presientes
que unas manos hilan del más allá nuestros andares.
Ese quizás sea una de las recompensas para tanto olvido.
Éramos parecidos, éramos tejidos bajo el mismo cielo
y alguien dispuso que no supiéramos el uno del otro,
ni el otro de nosotros y así la noche se congregaba en su cierres
y amanecía en la ceiba.
Y el viento luminoso se encargaba de escribirnos una historia
en sus raíces,
cuando bebía desde lo profundo,
en sus ramas donde dejaba sus huellas, sus marcas incumplidas.
Para que hoy,
justo en la noche,
supiéramos el uno del otro,
y los otros de nosotros
y supiéramos que no estábamos solos,
no éramos errantes mercaderes de almas,
ni amasijos sin destinos,
éramos los mismos.
Sí fuimos elegidos
para arribar al mismo puerto del encuentro, al mismo sitio
que nos dio origen.
A ese cielo que callaba con su prestancia de noche libre
que vivió muchos días de apatías,
y muchos días de distancias,
y sinsabores. Le debemos nuestro río, y nuestro amor
y le debemos que con su semblanza se pare en algún paraje ante nosotros
y nos deje ver la historia, más nítida y clara que la luna esbelta.
Como siempre existía alguien más quieto, un guardián
alguien menos avezado, mucho más distraído.
Quizás mucho más sabio
y ese es entonces
nuestro último destino, nuestro último hombre.
Lo que somos nosotros,
lo que hemos sido siempre.
Y que no se nos olvide,
que alguien nos mira desde lo más alto,
sin juzgarnos.
Luis Gilberto Caraballo
Diciembre, 2007
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