De: graciela holfeltz
Soy la que han lapidado,
hasta oír sobre el polvo la piadosa frase de Él.
Y también la perjura, la indigna, la blasfema.
Amé al ángel guerrero que lastimó a Jacob.
Di vuelta mi rostro y quedé pétrea y salítrea.
Comulgué junto al Otro en la tentación del desierto.
Y antes, fui fruta de Éride,
guerrera de Osiris,
serpiente de Rá.
¡Qué bello era el innoble Judas por mis piernas!
¡Qué feliz en la noche de los Santos Inocentes!
Virgen y capitana, muerta en la hoguera por bruja.
Puta del usurero,
querida de Torquemada.
Sensual ante el leprosario
y la mano llagada de la peste.
Pero aquí estoy, hoy,
con todo eso en mis ancas,
en mis pechos yermos y en mi sexo torvo.
En mi razón.
No me quejo, no desangro.
Respiro todavía.
Soy.
Alguna vez (yo aguardo) triunfalmente,
cobraré con unción
mis treinta dineros.
Graciela, clavo y canela
"El material editado en "Muestrario de Palabras" goza de todos los Derechos Reservados. La administración confía en la autoría del material que aquí se expone, no responsabilizándose de la veracidad de los mismos." En éste blog, encontrarás, todo lo que no pudo ser clasificado, pero que merece ser publicado."
miércoles, 19 de septiembre de 2007
(Ya no ser)
Autor: © Jesús Alejandro Godoy
¿Dónde estaré pena?
¿Dónde me encontraré hado?
¿Será creo, que al momento en el que el altísimo me llame, renegaré de mi tiempo, o de la escolta de ángeles que pisan la estela de mi espectro?
Dime cielo, que haré cuando mi piel ya empiece a ennegrecerse y mi aliento sea de memorias y mis recuerdos de mis deudos. Dime que haré con mis asuntos pendientes.
¿Qué haré con las lágrimas que no he derramado?
¿Qué haré con las casas que no he construido?
¿Qué haré con la tierra que no he trabajado o con el libro que no he escrito?
Quimeras danzantes vienen a mí hablando de regocijo y las desconozco, por que fui y soy hombre abiertamente temeroso de la hora de mi muerte y aún más, temeroso del segundo después mi partida, donde se abren los interrogantes más plausibles de la eternidad o la negación de la misma.
Temo a no ser; temo a que mi memoria se disuelva como entrañable idea desusada que jamás fue ni será.
¿Dónde estaré, cuando ya me haya ido de aquí?
¿Qué paisajes verán mis pupilas? ¿Cuál será la primer palabra que diré luego de morir? ¿Cuál será mi primer reflexión?
¿Es que seguiré siendo tan insensato como ahora; o es tal vez, que se despertará en mí, alguna inteligencia infinita que había esperado el momento correcto para hacerse poseedora de mis pensamientos y cavilaciones?
¿Me iré tras los sueños de Morfeo, o tal vez recorreré algún sinfín en detrimento de las buenas almas y abrazaré al Dante? ¿Cómo serán las lunas y los cielos?
Dime luz portentosa qué haré, y deja esos rumores agoreros que se llevan mi botín de estrellas, que ya no quiero a mi lado a esos ancianos de corazones contritos y senderos limitados...
Espérame parca, espérame cuervo que aún no he terminado mil palabras y ya te alejas de mí; que tampoco quisiera, que me dejes en futuro tortuoso y pulcra eternidad terrenal...
¡Que confusión Dios santo!
Haré silencio alma, y así tal vez, puede comprender el por qué de mi temor a ya no ser, o ser un buscador eterno de la paz que jamás llega...
¿Dónde estaré pena?
¿Dónde me encontraré hado?
¿Será creo, que al momento en el que el altísimo me llame, renegaré de mi tiempo, o de la escolta de ángeles que pisan la estela de mi espectro?
Dime cielo, que haré cuando mi piel ya empiece a ennegrecerse y mi aliento sea de memorias y mis recuerdos de mis deudos. Dime que haré con mis asuntos pendientes.
¿Qué haré con las lágrimas que no he derramado?
¿Qué haré con las casas que no he construido?
¿Qué haré con la tierra que no he trabajado o con el libro que no he escrito?
Quimeras danzantes vienen a mí hablando de regocijo y las desconozco, por que fui y soy hombre abiertamente temeroso de la hora de mi muerte y aún más, temeroso del segundo después mi partida, donde se abren los interrogantes más plausibles de la eternidad o la negación de la misma.
Temo a no ser; temo a que mi memoria se disuelva como entrañable idea desusada que jamás fue ni será.
¿Dónde estaré, cuando ya me haya ido de aquí?
¿Qué paisajes verán mis pupilas? ¿Cuál será la primer palabra que diré luego de morir? ¿Cuál será mi primer reflexión?
¿Es que seguiré siendo tan insensato como ahora; o es tal vez, que se despertará en mí, alguna inteligencia infinita que había esperado el momento correcto para hacerse poseedora de mis pensamientos y cavilaciones?
¿Me iré tras los sueños de Morfeo, o tal vez recorreré algún sinfín en detrimento de las buenas almas y abrazaré al Dante? ¿Cómo serán las lunas y los cielos?
Dime luz portentosa qué haré, y deja esos rumores agoreros que se llevan mi botín de estrellas, que ya no quiero a mi lado a esos ancianos de corazones contritos y senderos limitados...
Espérame parca, espérame cuervo que aún no he terminado mil palabras y ya te alejas de mí; que tampoco quisiera, que me dejes en futuro tortuoso y pulcra eternidad terrenal...
¡Que confusión Dios santo!
Haré silencio alma, y así tal vez, puede comprender el por qué de mi temor a ya no ser, o ser un buscador eterno de la paz que jamás llega...
URBI ET ORBI - Alejandro Drewes

Se abrirán las puertas del polígamo Londres
Dylan Thomas
Son gritos en el Cielo, y en la tierra son actos
Gabriel Celaya
Por esas largas calles grises donde no alcanza
ni el eco de campanas oxidadas, ni un centavo
silencioso cubre ni roza los abismos de la vida,
por esas mismas calles vencidas de tristeza
y los pies que invencibles multitudes caminan,
en la ruta del Calvario bajo un muro de lluvia
persistente, con la cruz gastada y a los negros flancos,
una sombra en la curva sibilante bajo la ciega mirada,
pensando en la mano de uranio lanzada, plomo de lágrimas.
en rostros de nadie que abren la enésima puerta de taxi
a turistas de otro mundo en la sórdida Babel de cada día:
esas manos por las que nadie pregunta, sus anónimas tumbas
y este salvaje y duro viento al costado de la cruz,
sobrecogedora visión de un mundo en derrumbe
haciendo zapping a la desaforada carrera de la Historia,
desparramando bultos a las puertas de hoteles de lujo,
ya sin estrellas las formas vacías de almas errantes
por la grafía de las mismas calles ajenas y avenidas
que a poco se hunden en su agrio vino de sombras;
que se recogen ya, fuera de toda esperanza, en mi Costado.
Jens/Alejandro Drewes
(julio 2005)
En: Pura luz contra la noche: De tres generaciones de poetas.
Editorial De Los Cuatro Vientos, Buenos Aires, 2005.
POR EL PUEBLO
Manolo Cubero

De seguir así las cosas, aquellas elecciones municipales se presentaban como un camino sin retorno. Era la última oportunidad. El PDB (Partido Democrático Bermejino) se encontraba en un momento crucial de cara a su futuro. Después de la paliza recibida en los anteriores comicios había que tomar decisiones drásticas o el partido se iría definitivamente a pique.
Y conste que parte de la responsabilidad podría caer sobre don Pedro, el Secretario General del partido. Al menos, ese es el rumor que corría por la fracción crítica de la agrupación. Claro que como no siempre llueve a gusto de todos, también había un sector del PDB que defendía a capa y a espada la gestión de don Pedro. O su aportación al mantenimiento de la barra libre de la cafetería de la sede, vaya usted a saber.
-¿Qué sería de nosotros si no fuese porque la inmensa mayoría de los militantes son solteros y, por consiguiente, plenamente dedicados al partido en su tiempo libre? –se preguntó, en voz alta, el Secretario de Relaciones Públicas del PDB, apoyado en la barra de la cafetería que ocupaba prácticamente la totalidad de la sede del partido.
Efectivamente, los veintinueve miembros del partido departían amigablemente acomodados en los veladores que festoneaban las paredes del local. No obstante, a pesar de la aparente tranquilidad, algo estaba fallando. El recuerdo del fracaso cuatro años atrás, cuando el PDB se quedó a seis votos de conseguir un concejal, flotaba en el aire. Tras una legislatura en blanco, o se enderezaba la situación o el partido estaba abocado a disolverse en el pueblo como terrón de azúcar en un café. Y lo peor no era eso, sino que, encima, el PNB (Partido Nacional Bermejino) se relamía de gusto ante la perspectiva de volver a conseguir siete concejales… Lo que, dicho en plata, significaba que el PNB volvería a contar con el cien por cien de los miembros de la corporación municipal.
Y como tal posibilidad tenía visos de convertirse, de nuevo, en cruda realidad, don Pedro, Secretario General del PDB, recordó aquello que, una vez, le dijo su abuelo: a veces hay que ponerse el barro antes de que nos pique el tábarro.
-O nos ponemos las pilas a tiempo o se nos apaga la luz -había comentado en la taberna de Bartolo.
Hijo único, casado con doña Soledad -quien, por cierto, hacía honor a su nombre-, sin hijos, y con un gato siamés y dos podencos como única familia, salvo su sabrosa cuota de militancia y las generosísimas invitaciones en los bares de Villabermeja cada vez que se presentaba una campaña electoral, poco más podía aportar a ésta. Bueno, sí: su nombre y su cara para encabezar una candidatura que hacía, cada cuatro años, las delicias del PNB.
Teniendo en cuenta el censo de población de Villabermeja y la media de votantes que solían acudir a las urnas en los comicios electorales, don Pedro había calculado que necesitaban unos treinta y cinco votos si no querían hacer un ridículo similar al vivido cuatro años atrás. Y ese objetivo fue el punto único de una Asamblea General Extraordinaria del PDB en la que se marcaría el rumbo a seguir para conseguir salir del atolladero.
No hace falta decir que la asistencia de militantes fue todo un éxito: el partido en pleno estaba allí presente. Como demostró el número de invitaciones que hubo de pagar don Pedro, exactamente veintinueve miembros del PDB certificaron con su presencia la importancia de aquella cita.
-Compañeros –comenzó su discurso inaugural- el futuro de nuestro pueblo, qué digo de nuestro pueblo, de nuestra comarca depende de nosotros. Somos el agua que riega la semilla de la que germinará un nuevo mundo, un mundo que se abrirá a nuestros pies como se abre la flor al calor de la primavera…
Y así, durante una hora de encendida oratoria, don Pedro dio rienda suelta a una serie de argumentos sobre la necesidad de conformar un programa electoral que consiguiese el número de votos suficientes para sobrevivir a la hecatombe.
-De treinta y cinco a cuarenta votos, como mínimo, se necesitan –concluyó el Secretario de Finanzas- para alcanzar un concejal. Ustedes, queridos, y desgraciadamente solterones, correligionarios tienen la palabra para elaborar un programa electoral que nos saque de este pozo sin fondo.
Luego de mil debates programáticos y otros tantos sobre tácticas electorales y perfiles que deberían reunir los posibles candidatos, el PDB dio con la fórmula mágica para conseguir representació n en las próximas elecciones locales: como primer paso, fue designado candidato independiente a la alcaldía don Juan Nido Lleno que, haciendo honor a su nombre, tenía diez hijos casados, ocho nietos en edad de votar, siete hermanos que, acompañados por sus respectivas esposas, constituían una mina de votos, y cinco cuñados. Este tesoro, traducido electoralmente, suponía…
-Cincuenta y cuatro votos –calculó do Pedro- que más los veintinueve de militantes del PDB, suponen…
-¡DOS CONCEJALES! –respondió a coro la asamblea de militantes.
Ni qué decir tiene que, vista aquella inteligentísima propuesta, y sin necesidad de avanzar más en la elaboración del programa electoral, don Pedro fue reelegido Secretario General del PDB hasta la siguiente campaña electoral.
Manolo Cubero

De seguir así las cosas, aquellas elecciones municipales se presentaban como un camino sin retorno. Era la última oportunidad. El PDB (Partido Democrático Bermejino) se encontraba en un momento crucial de cara a su futuro. Después de la paliza recibida en los anteriores comicios había que tomar decisiones drásticas o el partido se iría definitivamente a pique.
Y conste que parte de la responsabilidad podría caer sobre don Pedro, el Secretario General del partido. Al menos, ese es el rumor que corría por la fracción crítica de la agrupación. Claro que como no siempre llueve a gusto de todos, también había un sector del PDB que defendía a capa y a espada la gestión de don Pedro. O su aportación al mantenimiento de la barra libre de la cafetería de la sede, vaya usted a saber.
-¿Qué sería de nosotros si no fuese porque la inmensa mayoría de los militantes son solteros y, por consiguiente, plenamente dedicados al partido en su tiempo libre? –se preguntó, en voz alta, el Secretario de Relaciones Públicas del PDB, apoyado en la barra de la cafetería que ocupaba prácticamente la totalidad de la sede del partido.
Efectivamente, los veintinueve miembros del partido departían amigablemente acomodados en los veladores que festoneaban las paredes del local. No obstante, a pesar de la aparente tranquilidad, algo estaba fallando. El recuerdo del fracaso cuatro años atrás, cuando el PDB se quedó a seis votos de conseguir un concejal, flotaba en el aire. Tras una legislatura en blanco, o se enderezaba la situación o el partido estaba abocado a disolverse en el pueblo como terrón de azúcar en un café. Y lo peor no era eso, sino que, encima, el PNB (Partido Nacional Bermejino) se relamía de gusto ante la perspectiva de volver a conseguir siete concejales… Lo que, dicho en plata, significaba que el PNB volvería a contar con el cien por cien de los miembros de la corporación municipal.
Y como tal posibilidad tenía visos de convertirse, de nuevo, en cruda realidad, don Pedro, Secretario General del PDB, recordó aquello que, una vez, le dijo su abuelo: a veces hay que ponerse el barro antes de que nos pique el tábarro.
-O nos ponemos las pilas a tiempo o se nos apaga la luz -había comentado en la taberna de Bartolo.
Hijo único, casado con doña Soledad -quien, por cierto, hacía honor a su nombre-, sin hijos, y con un gato siamés y dos podencos como única familia, salvo su sabrosa cuota de militancia y las generosísimas invitaciones en los bares de Villabermeja cada vez que se presentaba una campaña electoral, poco más podía aportar a ésta. Bueno, sí: su nombre y su cara para encabezar una candidatura que hacía, cada cuatro años, las delicias del PNB.
Teniendo en cuenta el censo de población de Villabermeja y la media de votantes que solían acudir a las urnas en los comicios electorales, don Pedro había calculado que necesitaban unos treinta y cinco votos si no querían hacer un ridículo similar al vivido cuatro años atrás. Y ese objetivo fue el punto único de una Asamblea General Extraordinaria del PDB en la que se marcaría el rumbo a seguir para conseguir salir del atolladero.
No hace falta decir que la asistencia de militantes fue todo un éxito: el partido en pleno estaba allí presente. Como demostró el número de invitaciones que hubo de pagar don Pedro, exactamente veintinueve miembros del PDB certificaron con su presencia la importancia de aquella cita.
-Compañeros –comenzó su discurso inaugural- el futuro de nuestro pueblo, qué digo de nuestro pueblo, de nuestra comarca depende de nosotros. Somos el agua que riega la semilla de la que germinará un nuevo mundo, un mundo que se abrirá a nuestros pies como se abre la flor al calor de la primavera…
Y así, durante una hora de encendida oratoria, don Pedro dio rienda suelta a una serie de argumentos sobre la necesidad de conformar un programa electoral que consiguiese el número de votos suficientes para sobrevivir a la hecatombe.
-De treinta y cinco a cuarenta votos, como mínimo, se necesitan –concluyó el Secretario de Finanzas- para alcanzar un concejal. Ustedes, queridos, y desgraciadamente solterones, correligionarios tienen la palabra para elaborar un programa electoral que nos saque de este pozo sin fondo.
Luego de mil debates programáticos y otros tantos sobre tácticas electorales y perfiles que deberían reunir los posibles candidatos, el PDB dio con la fórmula mágica para conseguir representació n en las próximas elecciones locales: como primer paso, fue designado candidato independiente a la alcaldía don Juan Nido Lleno que, haciendo honor a su nombre, tenía diez hijos casados, ocho nietos en edad de votar, siete hermanos que, acompañados por sus respectivas esposas, constituían una mina de votos, y cinco cuñados. Este tesoro, traducido electoralmente, suponía…
-Cincuenta y cuatro votos –calculó do Pedro- que más los veintinueve de militantes del PDB, suponen…
-¡DOS CONCEJALES! –respondió a coro la asamblea de militantes.
Ni qué decir tiene que, vista aquella inteligentísima propuesta, y sin necesidad de avanzar más en la elaboración del programa electoral, don Pedro fue reelegido Secretario General del PDB hasta la siguiente campaña electoral.
Manolo Cubero
UNA BELLA NOCHE
Autor: © Jesús Alejandro Godoy

Iban caminando, de vez en cuando se miraban de reojo; pero sin emitir palabra alguna. Sus pasos eran grandes, casi majestuosos.
Uno de ellos no pudo soportar más el silencio, e izó la mirada velozmente –de hecho ya estaba más que harto de mirar el camino azulado-.
—¿Y que hay del oro? —preguntó.
—Oro es el tiempo —respondió su compañero, sorprendido por la pregunta, y alzando la vista al instante; y prosiguió—: pero dejémoslo como el oro que es, escondido bajo las rocas bien profundas, así todos se ufanan en buscarlo o soñar con él; a fin de cuentas, estarán perdiendo el oro verdadero, pero nunca lo sabrán valorar.
—Ajá... ehh... bien... bueno... sí —dijo el oyente—. ¿Y que hay de las perlas?
—Perlas son los días; no, los que ya no son, ni los que vendrán, sino los que se viven de a uno, pero dejémoslas en el fondo del mar, bien escondidas en las profundidades, así todos las querrán poseer, sin saber que las verdaderas perlas están bendecidas por cada mañana en la que se despierta vivo.
—Hummm... psssi... bueno... sí —dijo nuevamente su acompañante—. Alzó lentamente las cejas haciendo un gesto de cansancio y preguntó—: ¿Y que hay de las esmeraldas?
—Esmeraldas son las palabras, que trabajadas finamente por almas sabios y labios prudentes, adornan el aire, y hacen que los momentos de infortunio se vuelvan bastas oportunidades —dijo. Pero mejor dejémoslos en las montañas fundidas con las rocas, donde los que los irán a buscar se volverán de palabra, enemigos de su hermano y matador de su compañero.
—Ufff... bueno... ¿Es que...? Bueno... —trató de decir nuevamente el oyente, pero en su lugar lanzó otra pregunta con cierta simpatía.
—¿Y los diamantes? ¿Qué hay de los diamantes?
—Los diamantes son los pasos, y las huellas su forma deliciosa, que atraídos por su resplandor, seguirán los justos de corazón y deseosos de paz —respondió—, pero seguirán estando en la oscuridad de las cavernas, donde los que vayan en su búsqueda, se extravíen en su propio camino, y borren sus huellas por la inmensa codicia que les traerá el sueño de que sus propios pares le roben el botín.
—Ehhh... bueno... bien... ¿Puedo preguntar algo?
—Sí, de hecho hace mucho que me estás interrogando —respondió su interlocutor— .
—Sí es verdad... ¿Y el diablo?
—¡Vamos con esa pregunta de vuelta! —exclamó graciosamente su compañero, deteniendo su andar—.
—¿También me dejarás en las profundidades para que el hombre me busque?
—No... no es necesario que cabe tan profundo —respondió— Tengo otros planes para ti.
—¿Cuáles?
—Ya verás.
—¡Ya verás, ya verás! ¿Y como me voy a divertir entonces?
—Humm... mejor sigamos con las preguntas de lo que deseas que te otorgue de la tierra —dijo su compañero.
—Bien... ¿Qué hay de la plata?
Siguieron caminando largamente sobre los mares sin detenerse, la noche estaba cayendo lentamente. Era una bella noche en la tierra.
http://jesusalejand rogodoy.blogspot .com

Iban caminando, de vez en cuando se miraban de reojo; pero sin emitir palabra alguna. Sus pasos eran grandes, casi majestuosos.
Uno de ellos no pudo soportar más el silencio, e izó la mirada velozmente –de hecho ya estaba más que harto de mirar el camino azulado-.
—¿Y que hay del oro? —preguntó.
—Oro es el tiempo —respondió su compañero, sorprendido por la pregunta, y alzando la vista al instante; y prosiguió—: pero dejémoslo como el oro que es, escondido bajo las rocas bien profundas, así todos se ufanan en buscarlo o soñar con él; a fin de cuentas, estarán perdiendo el oro verdadero, pero nunca lo sabrán valorar.
—Ajá... ehh... bien... bueno... sí —dijo el oyente—. ¿Y que hay de las perlas?
—Perlas son los días; no, los que ya no son, ni los que vendrán, sino los que se viven de a uno, pero dejémoslas en el fondo del mar, bien escondidas en las profundidades, así todos las querrán poseer, sin saber que las verdaderas perlas están bendecidas por cada mañana en la que se despierta vivo.
—Hummm... psssi... bueno... sí —dijo nuevamente su acompañante—. Alzó lentamente las cejas haciendo un gesto de cansancio y preguntó—: ¿Y que hay de las esmeraldas?
—Esmeraldas son las palabras, que trabajadas finamente por almas sabios y labios prudentes, adornan el aire, y hacen que los momentos de infortunio se vuelvan bastas oportunidades —dijo. Pero mejor dejémoslos en las montañas fundidas con las rocas, donde los que los irán a buscar se volverán de palabra, enemigos de su hermano y matador de su compañero.
—Ufff... bueno... ¿Es que...? Bueno... —trató de decir nuevamente el oyente, pero en su lugar lanzó otra pregunta con cierta simpatía.
—¿Y los diamantes? ¿Qué hay de los diamantes?
—Los diamantes son los pasos, y las huellas su forma deliciosa, que atraídos por su resplandor, seguirán los justos de corazón y deseosos de paz —respondió—, pero seguirán estando en la oscuridad de las cavernas, donde los que vayan en su búsqueda, se extravíen en su propio camino, y borren sus huellas por la inmensa codicia que les traerá el sueño de que sus propios pares le roben el botín.
—Ehhh... bueno... bien... ¿Puedo preguntar algo?
—Sí, de hecho hace mucho que me estás interrogando —respondió su interlocutor— .
—Sí es verdad... ¿Y el diablo?
—¡Vamos con esa pregunta de vuelta! —exclamó graciosamente su compañero, deteniendo su andar—.
—¿También me dejarás en las profundidades para que el hombre me busque?
—No... no es necesario que cabe tan profundo —respondió— Tengo otros planes para ti.
—¿Cuáles?
—Ya verás.
—¡Ya verás, ya verás! ¿Y como me voy a divertir entonces?
—Humm... mejor sigamos con las preguntas de lo que deseas que te otorgue de la tierra —dijo su compañero.
—Bien... ¿Qué hay de la plata?
Siguieron caminando largamente sobre los mares sin detenerse, la noche estaba cayendo lentamente. Era una bella noche en la tierra.
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