lunes, 31 de diciembre de 2007

Meditación

Ante la tumba de la Amada, antiguos ritos. Deirdre. Las cuidades más oscuras de la noche regresan, como el ciclo de las hojas, con ellas una visión de tempestades nacientes al fondo del espejo del mago. Con él quisimos ahuyentar a las brujas, bajo una noche sin luna.

Se reúnen almas y rostros en círculo, al conjuro de una palabra cortante, seca, breve: cuida su vertiginoso destino, siembra con veneración y vigila a lo largo de siete vidas el anillo de setas, antes que silenciosas caigan las estrellas del norte. Sólo entonces morirás.

Mira ahora en esta carta como tejen los pasos de su danza de sangre el ejército blanco y el ejército negro; su inútil lucha por Gormenghast, reino de la desolación y el silencio que rehúye la luna y hasta los lobos temen.
Silencio de los cuerpos violados, mutilados, en el monasterio.
Luego del agua correrá un agua roja como el sol al filo del lago, pero no ha de ser sangre sino lluvia.

Duerme en el tu sueño como el antiguo profeta, siete días al abrigo de las zarzas ardientes, siete días con sus noches en las piedras de la Luna.
Porque ahora tú sabes como todo ha de pasar por el ojo estrecho de la aguja: el rico con su pesada bolsa de oro, las caravanas de lágrimas y risa, el pobre con su lento abanico de huesos, remecidos por el viento, los ángeles caídos.


Alejandro Drewes
Jens

domingo, 30 de diciembre de 2007

Belén, Diciembre 24 de 2.007

Como empiezo? Nunca he escrito, pero a petición de Yossi intentaré relatar mi viaje a Belén para pasar la navidad allí.

El día en Petach Tiqwa amaneció muy frío, y como Belén está a más altitud, pues me fui bien abrigada.

Me fuí a la oficina de Yossi a las 2 y de ahí me llevó a Yafo de donde salían los autobuses.

Se suponía que saldríamos a las 3.30 de la tarde, salimos a las 6 pues el bus número 3 no llegaba por el trancón en la autopista. Bueno, llegó y nos fuimos.

Oramos y cantamos hasta la llegada a Jerusalém, solo una hora de viaje y de ahí a Belén. Oh tragedia, el hotel no guardó las habitaciones para 150 personas, solo para 50 y ahí empezó el éxodo. Nos dieron otro hotel en una ciudad a tres kilómetros de Belén, con la mala suerte que nadie lo conocía y el chofer no sabía como llegar. Así pasaron 65 minutos hasta que al fín alguna persona dijo donde era. Bonito hotel, en un hermoso lugar, pero nuevamente la lucha para alojar 100 personas. Después de una hora mas o menos nos dieron las habitaciones y nos instalamos corriendito para poder salir a cenar , ya eran casi las 9 de la noche.

A mi me tocó con tres señoras, en una bella habitación.

Nos encontramos en la recepción y nuevamente al autobús y al restaurante.

Cada salón era para 600 personas, de cada idioma distinto. Cenamos comida árabe, todos teníamos hambre, así que casi la devoramos en menos de lo que canta un gallo.

A las diez caminamos como tres cuadras para escuchar la misa a las 11 p.m. en la gruta de los pastores, donde en la época del nacimiento del Niño Dios un ángel se les aparece a pastores en esa gruta y les dice que ha nacido Jesús. Queda en una loma, un lugar de pastoreo. La gruta (que es natural), puede medir de ancho unos cuatro metros, de largo unos doce y de alto poco menos de dos, teniendo lugares más bajos aun. La misa ahí fue muy emotiva, llena de recogimiento por las casi 100 persona que logramos entrar. Terminada la misa vuelta al hotel y dormir en fantásticas camas hasta las 6.30 para estar listos al desayuno y la partida luego a la iglesia de La Natividad, el lugar donde nació el Niño Dios.

El desayuno, similar a la cena, comida árabe muy rica. Me comí unos quesitos deliciosos.

Llegamos a La Natividad y nos separamos en grupos, ya que había más o menos 20.000 peregrinos del mundo entero. Es algo inenarrable, sobrecogedor. Hicimos una cola dentro de la misma Basílica como de una hora para poder bajar al lugar de nacimiento, que es una cueva debajo de la basílica.

Cuando al fín pude bajar me llené de mucha emoción, me arrodillé y besé el lugar del nacimiento del Niño Dios, una gruta realmente chiquita, no más de tres metros de ancho por cinco de largo, donde dormían las bestias. En ese mismo lugar, a un metro del nacimiento nos dijeron misa en español a las 11.30 de la mañana, solo cabíamos unas diez personas y tuve la dicha de poder estar yo entre ellas.

Luego fuimos a otra gruta cercana llamada Gruta de La Leche. Cuenta la tradición que La Virgen María le daba pecho al Niño Jesús en esa gruta, aun más pequeña que las anteriores. En algún lugar mi cabeza llegaba al techo. Las mujeres de Belén y sus alrededores que tienen problemas en quedar embarazadas o que tienen poca leche, van a la gruta y comen un poquito de tierra. Dicen que esto las ayuda a sus necesidades. Yo quisiera un Yossi May chiquito, pero por nuestras edades no es posible, tampoco comí la tierra.

Al salir de ahí quedamos libres dos horas, así que me dedique a recorrer las angostas calles del centro de Belén, repletas de bellezas árabes de todo tipo.

Para comprar algo te piden un precio y al regatear lo sacas 50% menos.

Quedé enamorada de esta bellísima ciudad, muy parecida a las israelíes, las mismas construcciones, pero con habitantes netamente árabes.

Solo el 20% son católicos, los demás musulmanes.

Cumplido el tiempo regresamos al lugar de encuentro, nos llevaron a almorzar, nuevamente árabe, deliciosa y a las 4 emprendimos el regreso a casa. Yo dormí en el trayecto.

Al llegar a Yafo, llamé a Yossi y fue a buscarme. Le dije que la próxima ida a Belén deseo hacerla con él junto a mí.

Gracias Dios mío por darme la oportunidad de estar en los lugares santos por donde TU anduviste.

Gracias amor mío, por poder hacer este sueño realidad.



Barranquilla, Diciembre 30 de 2.007


Maria Elena May

viernes, 14 de diciembre de 2007

Siempre hay un día

A lo mejor te encuentre en alguna noche
en el mismo lugar,
donde la Ceiba tiene el semblante del tiempo
y seguro no podré verle sus raíces.
Sus ramas,
algunas más altas,
otras más débiles, parecerán colgadas
por los dioses en un cuadro nocturno, volando.
Como los sueños y las nubes;
que muchas veces no sabemos cómo aparecen, y por qué.
Solo apreciamos que flotan y nos llevan a derroteros diferentes.
Aparecerá sóla la Ceiba,
erguida como una torre iluminada de azares y coincidencias.
Y se verán hondear en ella, sus hojas,
como bailarinas elegidas por la ventisca en el teatro de la vida.
Y el eco en el alma
transmontará en nosotros tantos años y desnudará la memoria y la desmemoria.
Para entonces saber,
que había muchas miradas evitadas entre nosotros,
y otras que estuvieron demás
Como también,
una sonrisa plateada,
y unas manos deseando tocar a las otras.
Y alguna pena,
cuando olvide,
olvidamos que también existías,
y existíamos en un abismo.
Si aún tienes tiempo, y si aún crees, presientes
que unas manos hilan del más allá nuestros andares.
Ese quizás sea una de las recompensas para tanto olvido.
Éramos parecidos, éramos tejidos bajo el mismo cielo
y alguien dispuso que no supiéramos el uno del otro,
ni el otro de nosotros y así la noche se congregaba en su cierres
y amanecía en la ceiba.
Y el viento luminoso se encargaba de escribirnos una historia
en sus raíces,
cuando bebía desde lo profundo,
en sus ramas donde dejaba sus huellas, sus marcas incumplidas.
Para que hoy,
justo en la noche,
supiéramos el uno del otro,
y los otros de nosotros
y supiéramos que no estábamos solos,
no éramos errantes mercaderes de almas,
ni amasijos sin destinos,
éramos los mismos.
Sí fuimos elegidos
para arribar al mismo puerto del encuentro, al mismo sitio
que nos dio origen.
A ese cielo que callaba con su prestancia de noche libre
que vivió muchos días de apatías,
y muchos días de distancias,
y sinsabores. Le debemos nuestro río, y nuestro amor
y le debemos que con su semblanza se pare en algún paraje ante nosotros
y nos deje ver la historia, más nítida y clara que la luna esbelta.
Como siempre existía alguien más quieto, un guardián
alguien menos avezado, mucho más distraído.
Quizás mucho más sabio
y ese es entonces
nuestro último destino, nuestro último hombre.
Lo que somos nosotros,
lo que hemos sido siempre.
Y que no se nos olvide,
que alguien nos mira desde lo más alto,
sin juzgarnos.

Luis Gilberto Caraballo
Diciembre, 2007

Fragmento

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

Ella estaba callada. Pero no era aquel silencio forzado e impaciente del que debe callar. Estaba callada como quien tiene en la cabeza demasiadas cosas en las que debe pensar pues se sentía a disgusto consigo misma y hubiese llorado si no fuera que el pensamiento le urgía a encontrar a alguna respuesta que le resultara lógica.
Desnuda. Boca arriba. Con los ojos cerrados y las manos tras la nuca, trataba de rememorar el rostro del hombre con el que hacía apenas unos minutos había concluído con un orgasmo. Y ni siquiera podía asegurar si era rubio o morocho y menos aún atinar a ponerle algún nombre. Había sentido, siquiera por unos segundos, que existía, pero eso iba esfumándose como una voluta de humo que se esparce y escapa por las hendijas. Ya no era más que un puro pensamiento diluido, incierto y le hubiera gustado poder dormirse y despertar, despertar después de mucho tiempo y con un acendrado olvido, en cualquier otro lugar.
Manoteó el bolso y se tragó un par de pastillas. Eso era bueno. Eso la tranquilizaba, la borraba de todo, de sí, del otro, del tiempo, del hotel, de la cama. El muchacho, que apenas se recuperaba recién de su estado de éxtasis, dio medio giro y la abrazó. "Amor, amor, amor", decía como si sollozara expandido por una felicidad ilimitada. "¿Qué pasa, amor? ¿Estás triste?".
Ella no quería responder. No tenía ganas ni siquiera de estar triste. No tenía ganas. No tenía ganas de estar. No tenía ganas de estar ni ahí en la cama, ni en la vereda ni en el mundo ni dentro de sí sin existir ahora. Pensaba vagamente en la palabra"alberca" y hasta podía sentir que toda ella era una "alberca", es decir, ser una palabra, una determinada palabra, y de allí que hasta podía "albercarse" y que hacía rato había dejado su condición humana, lejos, lejos, en la humedad de las sábanas acartonadas.
Por impulso, por simple impulso, se incorporó y se metió la remera, así, a la que se criara, sin siquiera el cuidado de ponerse primero el corpiño. Lo rescató de entre el bollo de sábanas y cubrecama y lo metió en el bolso. El muchcho, apoyado sobre el codo derecho, la miraba sin comprender. "Amor, ¿qué pasa?".¡Decíme qué te pasa, por Dios!". Y respiró hondo mientras con el otro brazo la tomaba por el hombro. "¿Qué te pasa?. ¿Te vas?. Dáte vuelta y miráme. ¿Te vas?"
Ella masculló algo para no decir nada. Y es que no tenía nada para decir, salvo que ya se había ido, hacía rato.

Long Ohni

jueves, 13 de diciembre de 2007

La Costurerita que dió aquel mal paso

La costurerita que dió aquel mal paso...

-y lo peor de todo, sin necesidad-

con el sinvergüenza que no la hizo caso

después..

-según dicen en la vecindad-

Se fue hace dos días

Ya no era posible fingir por más tiempo.

Daba compasión verla aguantar

esa maldad insufrible

de las compañeras, tan sin corazón!



Aunque a nada llevan las conversaciones,

en el barrio corren mil suposiciones

hasta en algo grave se llega a creer.



íQué cara tenía la costurerita,

qué ojos más extraños esa tardecita

que dejó la casa para no volver!...



Fuente: Selección de poemas deEvaristo Carriego y otros poetas
Serie Capítulo. Nº 33.
Biblioteca argentina fundamental
Pág. 34
Centro Editor de América Latinauenos Aires. 1968