viernes, 4 de enero de 2008

EL AMOR DEL VIAJERO

Las estrellas eran testigos a lo lejos,
estreche sus labios con los míos,
la serena noche, se iluminó
con el fuego de nuestra pasión,
toda aquella noche era perfecta
o al menos lo parecía,
percibía que no era una noche mas,
largas se hacían a la orilla del mar,
pero junto a ella pasó rápido,
no fue un sueño, no fue un sueño,
o al menos no parecía,
nos dormimos sobre el pastizal,
abrazados como las raíces se adhieren a la tierra,
arriba, el cielo nos miraba celosamente
y el mar era la música nupcial,
cerré los ojos y, prometí amarla eternamente,
después de esa noche no me importaba
no abrir mas los ojos, podía morirme en paz,
por la mañana cuando el sol sigilosamente
me despertó en silencio,
estaba ahí, tendida como una nube en el azul,
su respiración era tan suave como la brisa
del crepúsculo amanecer,
la deje ahí, con las amapolas revoloteando
sobre su delicado cuerpo de miel,
no me anime a despertarla,
monte mi caballo y hacia el sur partí,
siguiendo la huella de mi vida sin fin,
he querido repetir esta imborrable historia
desde que la encontré y la dejé,
yo, que de moza en moza, viajo,
en cuanto pueblo estoy,
trato de reemplazarla,
pero todas ellas, no huelen como ella,
parece ser inútil, aún no he encontrado
una princesa como ella,
y aunque busque y busque,
no creo encontrarla jamas.

Claudio Benery

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